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DE CUANDO ME APLICARON EL DERECHO CONSUETUDINARIO POR CULPA DE UNA IGUANA
-En realidad es más que la iguana, pero la culpa sí es de la iguana por no dejarse comer-

Cursaba mi segundo año de colegio y me vine pa Boruca a vacacionar. Aquí me encontré con otros estudiantes que estaban en Buenos Aires (yo era el único estudiante chepeño). Organizábamos correrías de 7 malechores a la Catarata, a robar naranjas en las noches (aunque todos tenían en sus casas), a pescar. En una tarde de chopoteos en la poza de la plaza, nos topetiamos con una iguana –solo los borucas entenderán el paladar iguanero que tenemos.

Primero se nos escapó entre el agua, después corrió por la plaza y terminó zampádonse en un hueco de un enorme espavel en una de las esquinas de la plaza. Juntamos hojas secas y verdes y empezamos a echarle humo para que saliera, pero nada. Aburridos, optamos por lanzarle agua a las hojas y cada uno para su casa.

Recién empezando la noche, un escándalo en la plaza me puso en alerta. Alcance a divisar el espavel echando chispas por todo lado (seguro estaba seco por dentro y no lo notamos).
De inmediato organicé mentalmente mi viaje de regreso. Pero al día siguiente llegó el policía preguntando por mí, era Alejandro Noguera. Yo escuchaba cada latido de mi corazón. El más pequeño de la banda, asustado, había cantado y llorado sin guitarra.

Aparte de la cascariada que me llevé, la condena fue sembrar un vivero de 200 plantas en el lote escolar. “Chemita” que era el maestro, fue designado como el centinela cumpliendo gustoso su función y cada oportunidad, le agregaba una regañada (por largos años el estudiantado disfrutó de las naranjas y mangos de mi condena, después se los apiaron).

El condenao que nos cantó se libró de la condena, por cantor –me imagino.

#MarotoBoruca